Los poetas malditos se caracterizan no sólo por lo novedoso de sus ideas y formas, sino por anular —o querer anular— la distancia que la sociedad obliga a establecer entre la poesía y la vida; con su obra se sublevan contra una sociedad envilecida y buscan penetrar, a través del arte, en otra realidad, donde la poesía deja de ser ya un matiz de la literatura para ser el campo de batalla en el que se decide la cuestión definitiva: vivir según el modo más digno de la condición humana.
Los malditos no se reducen a ningún grupo o época en especial, ni siquiera a la poesía en particular: el carácter revulsivo, subversivo y revolucionario de su espíritu se encuentra en Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Gerard de Nerval, pero también en pintores como Vincent Van Gogh, en pensadores como Nietzsche y Bataille, en el movimiento surrealista, y en otros artistas más cercanos a nosotros como Alejandra Pizarnik o Luca Prodan.
Quien nos convoca, en esta ocasión, a entrar en contacto con los malditos es, nada menos, la vida y obra de Antonín Artaud. Y como si esto fuera poco, nuestro poeta invitado es Jacobo Fijman.
